Por Matías Vallés
Kate Winslet es una mujer fea. No lo digo yo -por recurrir a la muletilla favorita de Rajoy-, lo dice de ella el guionista de «Juegos secretos», mientras la cámara se desploma en picado sobre la actriz. Incluso, las abundantes cejas son utilizadas para despellejarla.
En estos casos, nos refugiamos en el clisé condescendiente de la «excelente profesional». Sin embargo, conforme avanza una película que supone la continuación de «American Beauty»por otros medios, y a la par que ella disfruta de abundante sexo con un garañón de irrisorias dotes histriónicas, percibo un magnetismo que me cuesta describir. La única superviviente de «Titanic»me subyuga porque no me enamoraría de ella.
Si nos dieran a elegir, no preferiríamos a Kate Winslet, pero ser abandonado por ella se me antoja un importante descalabro sentimental. La enfrentan a Cameron Díaz en «The holiday», y a los diez minutos hemos olvidado a la insípida rubia norteamericana. En la pantalla baraja una gama de pasiones humanas que sólo puede replicar Cate Blanchett. Y tampoco me olvido de Naomi Watts, pero ambas cuentan con la coartada de la belleza, donde la inteligencia adicional suena a estorbo que el maquillaje no siempre logra disimular.
Kate Winslet nos obliga a replantearnos los cánones femeninos o la importancia que les consignamos. No hablamos de una asimetría a lo Barbra Streisand, a quien no se le podían mencionar sus irregularidades. Los mestizos solidarios interculturales nos predican una insultante tolerancia hacia los cuerpos menos agraciados, mientras torturan a las maniquíes. Nuestra actriz inglesa de hoy no busca esa piedad, sino que ofrece una alternativa. Nos invade su riqueza de gestos, está llena de expresión. No dejamos de amar a alguien porque cambie, sino porque no cambia lo suficiente. Winslet no es deseada a primera vista, pero sabe desear mejor que nadie. Su poder de fascinación arrastra el desasosiego anejo a una belleza descodificada, a la que no estamos acostumbrados. La belleza con rostro humano, tal vez.
Fuente: La Nueva España
